Un deportista de corazón

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Enrique Blas es un atleta de alto rendimiento que ha dedicado su vida al deporte de la pelota vasca, más conocido como frontón, originario de España. Ha participado en dos campeonatos mundiales –uno en 2006, en México, donde ganó el 5º lugar– y en un Juego Panamericano, también obteniendo el 5º lugar­. A sus 66 años continúa practicando mínimo 3 veces por semana alrededor de 3 horas, no ha parado nunca desde que tocó la pelota a los 15 años.

Por ello el infarto que tuvo a sus 60 años fue desconcertante tanto para Blas como para su médico: “Vos sos el último que tendría que estar aquí con la vida que tenés” recuerda que le dijo su amigo y doctor de toda la vida. Tras esa primera falla cardíaca le fue colocado un stent –pequeño tubo de malla de metal que se expande dentro de una arteria del corazón– y todo volvió a la normalidad.

Pero después de un infarto aprendes a escuchar a tu corazón y sus señales, a no exigirle cuando te está avisando que algo no está bien. 6 años después de su primera intervención comenzó a sentir una presión en el pecho y falta de aire que aunque se le quitaba a los pocos minutos se volvió recurrente durante sus entrenos. Después de algunos estudios aún no del todo concluyentes, Blas se sometió a un segundo cateterismo para encontrar de dónde provenía el problema y resolverlo cuanto antes.

Salió de cirugía con un diagnóstico certero, pero sin solución. Tenía una arteria tapada por calcificación. Esto significaba que no se podía realizar el mismo procedimiento que la primera vez, pues bajo el sistema de cateterismo tradicional no podían romper el tapón y reestablecer el flujo de sangre. Sin embargo, el Dr. Illescas, cardiólogo especializado en Francia y México, le devolvió la esperanza y le aseguró poderle realizar el procedimiento que necesitaba.

La aterectomía rotacional es un procedimiento que elimina las obstrucciones existentes en las arterias coronarias y para el cual se utiliza un rotablador –por lo que el procedimiento también suele llamarse rotablación–, que es un dispositivo basado en una pequeña oliva impregnada en partículas de diamante que tiene una rotación de 180,000 revoluciones por minuto y es capaz de pulverizar la obstrucción respetando las estructuras de la arteria.

Este procedimiento no se había realizado en Guatemala con el nivel de complejidad que implicaba el caso de Blas, lo cual le fue notificado y lo hizo analizar junto con su familia sus opciones. “Que te digan, en pocas palabras, que te tienen que barrenar el corazón no es bonito”. Sabía que la rotablación implicaba grandes riesgos, pero por primera vez en Guatemala se encontraba un médico que sabía realizarlo y en el Hospital El Pilar contaban con el equipamiento necesario.

“Sabía de los riesgos, pero también sabía que mi corazón en ese momento era una bomba de tiempo. Dije: Aquí se alinearon las estrellas, se puede hacer aquí”.

Al entrar a quirófano el sábado 16 de julio a las 7:00 am, Blas contó a 9 personas; incluidos un técnico para armar y controlar el rotablador y el Dr. Félix Damas, ambos de México.

“Si aquí hay un equipo multidisciplinario de 9 personas, donde cada quien sabe perfectamente lo que tiene que hacer y las 9 personas están enfocadas en mí, esto es humanamente todo lo que se puede hacer”.

Tras salir de la operación fue llevado al intensivo, el lugar de los “héroes desconocidos” según Blas, que recuerda a Feliciana; una enfermera muy amorosa y cuidadosa que estuvo siempre pendiente de él y a Byron; otro enfermero que –junto con la primera–, lo mantuvo arropado y contenido en un lugar que por sí mismo puede resultar tenso.

Han pasado 4 meses desde la rotablación del Sr. Blas, que en el primer momento que pudo le preguntó al Dr. si iba a poder retomar el ejercicio.

“Hoy estoy como si nada. He recuperado mi vida: el deporte”.

 Tal y como le respondió en aquel momento su médico, sus fallas cardíacas proceden de problemas hereditarios, pero tras colocarle otros dos stents en la última cirugía su corazón ha vuelto a la normalidad. “Si no hubieras hecho deporte, tu primer infarto te hubiera dado a los 40 años y no estarías vivo. Lo que te ha permitido aguantar lo que te ha pasado, es el deporte que has hecho” fueron las palabras de su amigo doctor, quien tras un mes de recuperación le dio la autorización para volver a las canchas.

“Para mí jugar es como comer. Si me hubieran dicho que no podría volver a jugar me habrían matado” y por su pronta recuperación y la bendición que resultó todo su tratamiento hoy ve esta experiencia angustiante como una de mucho aprendizaje y agradecimiento hacia Dios y el hospital de su vida, El Pilar. Pues gracias a que es socio de La Bene desde sus inicios –ya que su padre fue uno de los socios fundadores–, pudieron realizarle el procedimiento que lo salvó.

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